¿Amamos al Perú? Me cuestiono luego del remezón.

Hace unos días en una entrevista que dio Cesar Hildebrant a Renato Cisneros y Josefina Townsend en su programa, “Sálvese quien pueda”, dejó varias frases que lograron rebote en varios medios y ciudadanos. Una de las que recuerdo más es que el Perú es un país inconcluso. Me dolió escucharlo, me dolió sobre todo porque este es el año del bicentenario. Tenemos 199 años de llamarnos República del Perú y ¿somos un país inconcluso? Trato de negarlo, pero los acontecimientos recientes me dejan desarmado, sin fuerzas para enfrentar y rebatir esa frase dura, cruel, pero a la vez, tengo que decirlo, real.
Un país inconcluso, para unos pocos quizá es el país completo dentro de sus comodidades, para otros efectivamente inconcluso, por sus carencias. Durante todos estos años, si quieren contado desde aquel miércoles 28 de julio de 1821, se ha ido construyendo nuestro país con materiales endebles, de mala calidad, sin orden ni planificación que ante un remezón se puede caer. Es más, cada cierto tiempo tambalea, posiblemente nos unimos solo para reforzar aquella estructura débil, pero con los mismos materiales y posiblemente en el próximo remezón se volverá a caer.
Nuestros cimientos como país son, a mi modo de ver, los sistemas de educación, salud, económico y político, sobre todo político. Los remezones en nuestro país están hechos de grandes placas tectónicas de inmoral y egoísmo. Estos cimientos para ser realmente sólidos e indestructibles deben estar cubiertos de una capa de moral y respeto. Al hacer la mezcla son imprescindibles estos ingredientes. Ante los remezones salimos a la calle para expresarnos de distintas formas, salimos y hablamos en las esquinas, a pie, ahora bastante por las redes, nuestros grupos de WhatsApp. Mostramos enojo, decepción y por qué no depresión. Veo mucha furia, nos comunicamos y expresamos desde nuestras propias ventanas y trincheras. Las trincheras de la derecha, izquierda, centro, centro izquierda, centro derecha, social demócrata, socialista y otras más. Cada trinchera con su propia receta, con sus propios materiales para reforzar el edificio que se viene cayendo (de nuevo).
Si ellos no van a cambiar, comencemos a cambiar nosotros.
Hemos perdido la confianza entre nosotros, entre peruanos, en peruanos a quienes les encargamos cuidar esos cimientos, a respetar las estructuras que nos hacen llamarnos país. Por momentos creo que no salimos, han pasado tantos años, he visto tantos presidentes y partidos diciendo “yo los salvaré” que a mis casi 40 años es sencillo decirles no te creo nada. Se lo han ganado a pulso.
Pero no solo un grupo es responsable, pienso que somos todos. Lo hemos minado nosotros, los ciudadanos peruanos, nosotros formamos esa capa de moral que no sabemos cómo curar, está enferma, pero no muerta. Mientras dependa de nosotros estoy convencido que hay esperanzas. La hemos minado de muchas formas, sin necesidad de tener cargo público, no podemos escaparnos tampoco. Lo hemos hecho dentro de nuestra propia vida, cometiendo actos que podrían parecernos naturales porque nadie nos dijo que eran incorrectos. Lo hicimos cuando alguna vez nos colamos en la fila, cuando nos mandamos hacer ese carné bamba para pagar medio pasaje, cuando hemos plagiado en el examen, cuando me dieron vuelto de más y me fui contento pensando que fue mi día de suerte. Cuando me dieron veinte soles falsos y busque rápidamente a quien cambiárselo en vez de botarlo. Cuando compré un libro pirata para “ahorrar” o porque simplemente no me alcanzaba. Cuando bajé de la combi sin pagar pasaje, cuando abrí la ventana del bus y boté mi empaque de galleta. Cuando nos dijeron prohibidas las reuniones, pero hice mi fiesta “caleta”. Cuando nos alejamos de la política porque nos daba asco en vez de ser más atentos y vigilantes.
Si ellos no van a cambiar, comencemos a cambiar nosotros, quizás los contagiamos. Ese contagio es el que debemos buscar para que algún día podamos llamarnos país con buenos cimientos, corajudo, con personalidad y con respeto mutuo entre ciudadanos y por nuestra tierra buscando hacernos sostenibles, sin conflictos internos y abierto al mundo con ánimos de luchar por un bien común. Donde exijamos un sistema educativo que nos haga ciudadanos libres, leídos e inteligentes, esa tarea debe estar por encima de muchas otras tareas, solo así seremos mejores que hoy. Solo así podremos decir feliz bicentenario.
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